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domingo, 27 de febrero de 2011

Lisboa. Alfama, la Lisboa más auténtica.

Amanece, después de dos días, sin lluvia nuestro último día en Portugal. Después de una semana en territorio lusitano es hora de apurar las últimas horas y visitar los últimos lugares antes de emprender el camino de regreso a Zaragoza.

Es domingo y eso se deja notar en las calles de la capital lusa, menos pobladas que en días anteriores pero sobre todo menos transitadas por el tráfico rodado. Volvemos a tomar por enésima vez el metro en Campo Pequeno (cómo vamos a echar de menos la peculiar plaza de toros) para dirigirnos directamente a Rossio. Como todavía no hemos desayunado nos acercamos a la famosa pastelería Suiza para terminar con nuestra vigilia, aunque -y seguramente motivado por las horas que son ya- el mostrador se encuentra un tanto desangelado por lo que decidimos acabar nuestro ayuno en una cafetería cercana.

Caminamos hacia Praça da Figueira para tomar el tranvía 12, que nos llevará prácticamente a las puertas del Castillo de San Jorge. El tiempo de espera hasta que llega el ‘eléctrico’ se hace largo, seguramente por ser domingo las frecuencias son menores, pero finalmente podemos subirnos a pesar del numeroso grupo que se ha formado en la parada. Volvemos a prestar atención a nuestros bolsillos.

Dejamos el tranvía cerca del mirador Portas do Sol que nos ofrece, con un día totalmente despejado y soleado, unas fantásticas vistas del barrio de la Alfama. La Alfama es uno de los barrios más ‘auténticos’ de Lisboa, cuna del fado y antiguo arrabal humilde de pescadores por su proximidad al Tajo. Nos adentramos en sus callejuelas empedradas para llegar a los pies de la joya de su corona: el Castillo de San Jorge.

Erigido sobre la colina de San Jorge (de ahí su nombre) en el siglo V por los visigodos, la fortaleza sufrió, posteriormente, ampliaciones por parte de los árabes durante el siglo IX y modificaciones en el reinado de Alfonso Enríquez (siglo XII). Actualmente en sus casi 6.000 m2 pueden recorrerse sus murallas, torres, plaza de armas y un pequeño museo que alberga algunos de los restos arqueológicos hallados durante su restauración. Gracias a su posición dominante sobre la ciudad ofrece también unas espectaculares vistas de la ciudad.



Prolongamos nuestra visita por espacio de más de dos horas y posteriormente tomamos la Rua de Augusto Rosa para visitar la Sé Catedral lisboeta. Consagrada a Santa María la Mayor, es la iglesia más antigua de la ciudad ya que data de 1147. Amalgama de diferentes estilos arquitectónicos como el románico o el gótico, la Catedral ha sido capaz de sobrevivir a los diferentes terremotos que han asolado Lisboa a lo largo de su historia. Como podréis comprobar, el aspecto externo (de fortaleza casi más que de iglesia) vuelve a recordar a la francesa Notre Damme, al igual que lo hacía la Sé Catedral de Oporto.



Es casi ya la hora de comer, así que buscamos uno de los restaurantes que nos han recomendado en la Alfama: el Río Coura, cercano a la catedral. Cuando conseguimos dar con él nos damos cuenta que la tarea no va a ser sencilla ya que el local está completo y la fila de gente que espera mesa se alarga hasta la misma calle. A pesar de que no tenemos ninguna prisa decidimos buscar otra opción y terminamos, aunque el día está un tanto inestable, en la terraza de un local cercano al Castillo de San Jorge. Degustamos nuestros últimos platos portugueses, bacalao y arroz con bogavante, entre los fados que se interpretan cada cierto tiempo.

Después de comer paseamos hasta la Rúa do Comercio donde aprovechamos para realizar las últimas compras, regalos para familia y amigos y recuerdos de un viaje en el que hemos podido conocer un poquito más en profundidad a nuestros vecinos portugueses y un país que esconde un encanto que merece la pena descubrir.

Tras un paso rápido por el hotel para dejar preparadas nuestras maletas y darnos una ducha, nos dirigimos hacia el Chiado para cenar en un restaurante italo-hindú (extraña fusión) frente al Convento do Carmo, que nos ha quedado pendiente de ver por culpa de la lluvia del día anterior. Desde allí caminamos hasta el Barrio Alto para visitar el Pavilhão Chinês, curioso local de copas que merece la pena visitar aunque solo sea por contemplar su particular decoración. El local, de curioso acceso, es un auténtico museo donde figuras, cascos y soldados de plomo, entre otras cosas, se acumulan a lo largo de sus estancias. Sin duda uno de los lugares más pintorescos de Lisboa.

Poco antes de la medianoche nos dirigimos al elevador da Gloria para descender, por última vez, a la Plaza de Restauradores donde tomaremos el metro hasta nuestro hotel. Han sido siete días vividos con intensidad y que dejarán Lisboa, y Portugal, para siempre en nuestro recuerdo.

jueves, 27 de enero de 2011

Lisboa. Belem bajo el diluvio

Como nos temíamos la noche anterior cuando nos acostamos, un cielo nublado y una constante lluvia son las dos primeras cosas que vemos al despertarnos y asomarnos a la ventana de la habitación. Por si fuera poco, al pisar la calle para desayunar, comprobamos que también el viento está presente. Parece que va a ser una mañana completa.

Tomamos el metro en la vecina estación de Campo Pequeno para dirigirnos a Cais do Sodré, paso previo a tomar el tranvía 15 que nos dejará en el barrio de Belem. Antiguo puerto desde donde partían en la antigüedad las carabelas en busca del Nuevo Mundo, actualmente es una de las zonas de la ciudad lisboeta más visitadas, repleta de amplias calles y zonas ajardinadas y un muelle del que ahora solo parten embarcaciones deportivas.

Descendemos del tranvía en la parada de Belem (no tiene pérdida) y la molesta lluvia continúa con nosotros dispuesta a ser compañera de viaje durante toda la mañana. Caminando por Rúa da Junqueira dos son las cosas que podemos contemplar de fondo: la primera es la impresionante silueta del Monasterio de los Jerónimos, primer punto de interés del día, la segunda la fila que ya se prepara para acceder al interior de la pastelería más famosa de Lisboa Pasteis de Belem. Como todavía no hace mucho que hemos desayunado, y no hace día para esperar en la calle, decidimos visitar primero el Monasterio antes de que la fila para entrar a éste se multiplique.

El Monasterio de los Jerónimos, de estilo manuelino, comenzó a construirse a principios del siglo XVI bajo mandato del rey Manuel I para conmemorar el regreso de las Indias de Vasco de Gama, aunque no terminaría de construirse y modificarse hasta el pasado siglo XX. Financiado gracias al 5% de los impuestos obtenidos de algunas de las especias que se trajeron de oriente, el lugar elegido para su levantamiento no fue aleatorio, ya que se eligió la playa en la que Vasco de Gama y sus hombres permanecieron orando la noche antes de partir hacía la India.





Ya inmersos en su interior, destaca especialmente el claustro tanto por su amplitud como por su detallada decoración en la que se representan motivos religiosos y marineros. A pie de calle se encuentra abierta al público la sala capitular en la que se haya la tumba Alexandre Herculano, primer alcalde de Belem. Otros ilustres personajes sepultados en el monasterio son Vasco de Gama (como no), el poeta Luis Camoes y el escritor Fernando Pessoa.

Después de captar con nuestras cámaras todos los detalles posibles tomamos las escaleras que conducen a la planta superior del claustro mientras los grupos de visitas organizadas comienzan a tomar el control al ser cada vez más y más numerosos. Desde el piso superior contemplamos con resignación cómo las gárgolas que decoran las cornisas empiezan a desalojar algo más del ‘hilillo’ de agua que evacuaban hace unos minutos. Accedemos a la iglesia y nos impresiona el enorme tamaño de la misma, acrecentado por la tenue luz del lugar. Tomamos las últimas fotos desde el coro alto y abandonamos el monasterio profundamente impresionados por la belleza del lugar, sin duda de los lugares más impactantes que hemos visto hasta la fecha.

Cuando cruzamos los jardines exteriores camino de la Torre de Belem la lluvia de la mañana comienza a convertirse en una especie de ducha manejada a capricho del viento que se vuelve más fuerte por momentos. De camino podemos ver, a la orilla del Tajo, el Monumento a los Descubridores. Construido por el dictador Salazar, el monumento de casi 50 metros de altura asemeja a una carabela con el escudo portugués en el que se hallan representados los héroes lusitanos de la Era de los Descubrimientos, siendo por ello uno de los símbolos del nacionalismo portugués. Desde su mirador se puede contemplar el Puente 25 de Abril en todo su esplendor, aunque nosotros nos conformamos con tomar las fotos desde abajo y proseguir nuestro camino.





La lluvia ya arrecia para cuando llegamos a la Torre de Belem. Construida al tiempo que se iniciaba el Monasterio de los Jerónimos y presente prácticamente en la desembocadura del Tajo, fue utilizada como fortaleza aunque también, posteriormente, como centro de recaudación de impuestos para poder acceder a la ciudad.

Lo peor de la Torre es, sin duda, el acceso a las plantas superiores ya que se realiza por una única y estrecha escalera de caracol, con lo que los atascos y las sensaciones de continuo agobio están garantizadas. Debido a las malas condiciones climatológicas declinamos permanecer mucho tiempo en su terraza, simplemente el justo y necesario para sacar alguna foto. Tras visitar los fosos de lo que era la antigua prisión volvimos al exterior.




Recorremos nuevamente la Avenida da India desandando nuestros pasos camino al Monasterio de los Jerónimos bajo una molesta lluvia que, unida a un fuerte viento, empieza a hacer complicado el uso de los paraguas. La numerosa fila que para esa hora se prepara en la puerta del monasterio nos hace alegrarnos de haber optado por la opción de no holgazanear en la cama. Como todavía es pronto para comer (incluso para los portugueses) decidimos tomar un café y, de paso, entrar en calor. Pasamos de los modernismos que nos ofrece Starbucks para visitar un lugar mítico y de obligado paso si os acercáis al barrio de Belem, la cafetería-pastelería Pastéis de Belem cuya especialidad son sus pasteles de nata, artesanos 100%. A pesar del enorme tamaño de sus salas y la cantidad de mesas de las que dispone, tuvimos que bucear a lo largo de ellas para encontrar una mesa en la que poder acomodarnos. Agradecimos meternos algo caliente en el cuerpo cuando, sobre todo, nuestros pies comenzaban a estar sobradamente húmedos.

Tras este pequeño impasse volvimos a la calle para dirigirnos hacia el Palacio de Ajuda. El trayecto hasta llegar a él se convierte en un infierno, primero por la desapacible lluvia que no cesa y después porque el recorrido se hace prácticamente por completo cuesta arriba. Para cuando nos plantamos a las puertas del Palacio no queda seco prácticamente un centímetro de nuestra ropa.

El Palacio de Ajuda fue residencia real durante el siglo XIX pasando a ser, tras la instauración de la República, museo histórico. De estilo neoclásico, el palacio conserva en su interior la decoración de la época que muestra cómo vivía la monarquía portuguesa de la época, por lo que se convierte en una visita curiosa si, como a nosotros, os sorprende un mal día. Con el diluvio universal cayendo fuera, nos tomamos todo el tiempo del mundo para visitar las estancias, acompañados en todo momento por un silencio sepulcral provocado por la nula presencia de turistas. Las fotos, una vez más, no están permitidas en el interior. Lástima.

Para cuando abandonamos el palacio la lluvia todavía no ha cesado, por lo que decidimos tomar el autobús para bajar hasta la Plaza del Comercio o sus proximidades. El trayecto se hace enormemente más corto que el de subida, aunque la presencia de una persona en claro estado de embriaguez lo hace un tanto movido. Por suerte el conductor tiene la habilidad necesaria para deshacerse de él en cuanto se presenta la ocasión.

Una vez en el centro y aprovechando que la lluvia parece dar un respiro comenzamos con la búsqueda de calzado apropiado para movernos entre las aguas, aunque lamentablemente no tenemos mucha suerte. Cuando parece que la lluvia amenaza con volver a arreciar nos cobijamos en un restaurante y aprovechamos para comer, que ya es hora. ¡Menos mal que los pasteis de Belem nos han mantenido con energía hasta entonces!

Después de comer, pero con los pies igual de mojados decidimos dedicar la tarde a renovar nuestro calzado. Esta claro que nuestras botas y zapatillas no pueden seguir mojadas el resto del día en nuestros pies… ¡y aún nos queda el día siguiente! Por lo que nos dirigimos hacia Rua do Carmo para abastecernos en el centro comercial de nuevo calzado y calcetines. Contemplamos anonadados como no somos los únicos a los que ha sorprendido semejante torrente de agua (obviamente todos turistas), incluso calle abajo alguien ha dejado “a secar” sus zapatillas sobre una papelera. Perfectamente suministrados nos dirigimos al hotel para secarnos convenientemente y tomar un respiro.

Con la noche caída sobre la capital lusa volvemos a la calle para ver la ciudad desde otro punto de vista, el del mítico ‘eléctrico’ 28. Advertidos una y mil veces de la presencia de ‘amigos de lo ajeno’ disfrutamos del viaje acompañados por un numeroso grupo de españoles que han llegado a orillas del Tajo con motivo del GP de Estoril de motociclismo. Optamos por realizar el recorrido completo, sin bajar en ningún momento, hasta el obligado fin de trayecto. Lisboa de noche tiene otro color pero sigue manteniendo su encanto, y recorrerla a bordo de los clásicos tranvías te hace viajar en el tiempo, haciendo de estos trayectos casi una obligación.

De vuelta al Barrio Alto buscamos un lugar donde llenar la barriga, cosa que conseguimos con un espectacular bacalhau com natas, una de las mil y una formas de comer este pescado en el país vecino. Dudamos en acercarnos después de cenar al Pavilhao Chinès, del que nos han dado excelentes referencias, pero decidimos dejarlo para el día siguiente. Es hora de volver al hotel y buscar el calor de la cama. Al fin y al cabo, tras el día vivido, lo tenemos largamente merecido.

martes, 14 de diciembre de 2010

Lisboa. Un paseo por la Baixa y el Chiado

Nuestro primer día en Portugal amanece con buen tiempo. La mañana despejada y una buena temperatura nos animan a recorrer la distancia que nos separa de la Plaza del Comercio caminando.

Salimos del hotel y tomamos Avenida de Berna dirección Plaza de España. Una vez allí, los jardines de Eduardo VII quedan a escasos minutos. Lo primero que encontramos al acceder por su parte norte es el jardín de Amalia Rodrigues. Un pequeño rincón de la mayor zona verde lisboeta está dedicado a la memoria de la, probablemente, cantante de fado más famosa de Portugal. A escasos metros, una enorme bandera portuguesa (al estilo de la famosa bandera española en Colón) nos alerta de la presencia del Monumento dedicado al 25 de Abril, que rinde homenaje al día de la Revolución de los Claveles que acabó con la dictadura portuguesa. Desde allí se puede contemplar una espectacular vista casi completa del parque, con la Plaza del Marqués de Pombal al fondo. Descendemos la prolongada rampa de varios cientos de metros que salva el desnivel entre ambos para llegar a uno de los puntos con más tráfico de la capital lusa.

El Marqués de Pombal, primer ministro del monarca José I, fue un personaje de gran peso específico en la historia del país vecino. Principal artífice del acercamiento de Portugal a la realidad económica de los países del norte de Europa, desempeñó también un importante papel en la renovación arquitectónica de la capital tras el terremoto que la asoló en 1755. Su quimera fue intentar que el pueblo y la nobleza tuvieran los mismos derechos. Una imponente estatua recuerda su memoria en una de las más transitadas rotondas de la ciudad.

La Plaza Marqués de Pombal resulta también el origen de la avenida más importante de Lisboa, la Avenida de la Libertad. Inaugurada en 1879 es, a lo largo de sus más de mil metros, el punto donde se concentran tanto las tiendas como los hoteles más exclusivos de la ciudad. Una de sus señas de identidad más características se encuentra en los mosaicos de piedra blanca y negra que dibujan en sus aceras innumerables figuras.

Al final de la avenida nos encontramos con la Plaza de los Restauradores, que debe su nombre a todas aquellas personas que recuperaron la independencia portuguesa en 1640. Su inconfundible obelisco se alza frente a las puertas del Hotel Avenida Palace, el único hotel con categoría cinco estrellas de la capital lusa. A mano derecha dejamos el funicular de Gloria, acceso por excelencia al barrio alto, que tomaremos más adelante.

Prácticamente anexa a ésta se encuentra la Plaza de Rossio, con su espectacular estación de tren de estilo neo-manuelino cuya doble puerta en forma de herradura la hace inconfundible y uno de los obligados puntos de interés turístico. Junto a ella comparte presencia en la plaza el Teatro Nacional María II. De estilo neoclásico, toma su nombre de la hija de Don Pedro IV y preside desde la década de los cuarenta, aunque fue restaurado en los setenta, dicha plaza.

Continuamos nuestro camino por Rúa Augusta, principal foco comercial de la ciudad, para alcanzar al final de ésta la Plaza del Comercio. Situada sobre el terreno que ocupó el Palacio Real antes de ser destruido por el terremoto de 1775, la Plaza del Comercio simboliza la apertura de la ciudad lisboeta al Tajo ya que históricamente sirvió como puerto de barcos mercantiles. Coronada por su enorme Arco Triunfal y presidida por una estatua a caballo de Don José I.


Tras tomar varias fotos de la plaza desde Cais de Sodré nos acercamos a la oficina ambulante de ask me L¿sboa para hacernos con las Lisboa Card y acto seguido volvemos a adentrarnos en las entrañas de la Baixa. Recorremos nuevamente Rúa Augusta y sus alrededores donde tenemos que desechar en varias ocasiones los ilegales ofrecimientos que llegan a nuestros oidos, mientras curioseamos en los escaparates de las numerosas tiendas de souvenirs que pueblan la calle. Antes de hacer un alto para comer decidimos tomar el Elevador de Santa Justa, toda una obra de arte que conecta la Baixa con el Chiado. A los pies del centenario ascensor, impresiona ver su estructura de metal que sigue aguantando imperturbable el paso del tiempo. Una vez arriba, lo que impresionan son las vistas que contemplamos de la Rúa Augusta, la Plaza de Rossio o el Castillo de San Jorge. Tomamos el ascensor de vuelta a la tierra y buscamos un lugar donde comer, es hora de probar el famoso bacalhau portugués.

Cruzamos el pórtico que conecta la Rúa dos Sapateiros con Rossio y no podemos resistir la tentación de tomar una ginjinha, típico licor de cereza portugués, para ayudar con la digestión. Con el estómago caliente, paseamos por Rossio ante el famoso Café Nicola camino del funicular de Gloria. En funcionamiento desde 1885, es el más antiguo de los existentes en Lisboa y comunica el Barrio Alto y la Baixa salvando el tremendo desnivel existente entre ellos. En sus orígenes el elevador funcionaba con unos depósitos de agua que gracias a la gravedad hacían descender uno a la vez que ascendían el otro. Más tarde pasó a funcionar a vapor para finalmente hacerlo, a partir de 1914, de forma eléctrica. A pesar del ruido que produce durante su ascensión concluimos satisfactoriamente nuestro viaje y el premio que obtenemos son unas preciosas vistas de la ciudad desde el Mirador de San Pedro de Alcántara.

Cogemos el elevador para recorrer esta vez el camino inverso y retornar a Rossio, desde donde nos dirigimos a Plaza de Figueira para visitar la Iglesia de Sao Domingo. Esta iglesia tiene la peculiaridad de haber sido una de las pocas edificaciones capaz de soportar los incendios del famoso terremoto que asoló Lisboa. Su interior calcinado impresiona, más si cabe si tenemos en cuenta que se dice que la Inquisición quemaba en su interior a quienes consideraba infieles.



Todavía es pronto y aún no ha comenzado a anochecer, así que decidimos tomar el metro para visitar el Parque de las Naciones, recinto que albergó en 1998 la Exposición Internacional cuya temática giró entorno a los océanos. El Parque de las Naciones alberga uno de los oceanográficos más importantes de Europa, aunque esta vez declinamos visitarlo y nos centramos simplemente en pasear a lo largo de los metros y metros de recinto, que han quedado como una de las principales zonas de ocio para los lisboetas y zona turística para visitantes. Contemplamos las obras que convertirán la Torre Vasco de Gama en un espectacular hotel de categoría cinco estrellas, así como el kilométrico puente del mismo nombre que conecta Lisboa con la otra orilla del Tajo a lo largo de trece interminables kilómetros.

Cuando salimos del metro en la estación de Rossio la noche ya ha caído sobre Lisboa y aprovechamos para contemplar todo cuanto hemos visto durante la mañana bajo la nueva perspectiva que ofrece la iluminación.


Cenamos algo ligero y sobre todo rápido antes de tomar el metro de vuelta a nuestro hotel. No ha estado mal el primer día en Lisboa y al día siguiente nos espera Sintra, pequeño paréntesis en nuestra estancia en la capital.