viernes, 13 de mayo de 2011

Plasencia, ciudad de placer

Primavera, sin duda una de las mejores épocas del año para viajar (bueno, realmente cualquier época lo es), los días alargan y puedes aprovechar que todavía no hay un exceso de turistas para aprovechar las horas extra de luz que nos da el cambio horario. Precisamente ese cambio horario es el que nos quita la primera hora de sueño de este viaje la noche antes de partir destino Extremadura.

El camino hasta la comunidad extremeña es largo, casi seiscientos kilómetros, aunque lo alivia el hecho de cubrirlos íntegramente por autovía con lo que -a pesar de las nuevas limitaciones de velocidad- nos plantamos en la localidad cacereña de Plasencia en poco más de seis horas. Éste será nuestro campamento base durante los dos primeros días ya que, además de permitirnos visitar la propia ciudad, nos permite acceder tanto a la comarca de Las Hurdes como a la de la Vera, segunda y tercera etapa de nuestro viaje respectivamente.

Con una población cercana a los 40.000 habitantes -lo que la convierte en segundo núcleo de la provincia y cuarto de la región- la localidad placentina destaca por su centro histórico que conserva encerrado bajo el amparo de la muralla que lo rodea.

Tras instalarnos en el hotel y disfrutar de las primeras muestras de la gastronomía regional nos dirigimos hacia el núcleo histórico para comenzar a descubrir los secretos que la localidad esconde. Cubrimos el escaso kilómetro que nos separa del centro y nos adentramos en él dejando a un lado el acueducto conocido popularmente como los Arcos de San Antón. El imponente monumento, de unos 300 metros de largo, conserva 55 arcadas de una altura de 18 metros en su punto más alto.

Recorriendo la Calle del Rey llegamos a la Plaza Mayor, centro neurálgico de la ciudad original, desde donde parten siete calles radiales que desembocan en las puertas principales de la muralla que antaño la protegiera del exterior. En ella se encuentra el Ayuntamiento, de curiosa arquitectura, y que a pesar de haber sido recientemente restaurado está basado en lo que fuera la construcción primigenia, de estilo gótico-renacentista. Destaca sobremanera la presencia en una de sus torres del reloj del Concejo y el “abuelo Mayorga”, encargado de dar las campanadas -martillo en mano- que anuncian la hora a los placentinos. Ninguno de los dos elementos son ya los originales pero no ha querido perderse esta bonita tradición y la figura del abuelo fue reconstruida en los años 70 tras ser destruido el original en la invasión francesa.

Decidimos comenzar nuestro recorrido por las calles placentinas tomando la Calle Los Quesos que nos lleva directamente a los pies del Palacio de Almaraz, de estilo herreriano y uno de los representantes de la ciudad en el Pueblo Español de Barcelona. Junto al él se encuentra la Casa de las Infantas que destaca por su curiosa portada renacentista. Ninguno de los dos edificios son visitables en la actualidad, con lo que nos conformamos con tomar unas fotos exteriores.


Continuamos paseando por las estrechas callejuelas de aspecto medieval, repletas de pasajes, escalinatas y pequeños detalles como los que muestra una de las principales vías, la Rúa Zapatería, en la que pueden verse insertadas en el suelo placas que indican la situación -tiempo atrás- de la judería de la ciudad.

Al final de Zapatería se encuentra la Plaza de San Nicolás, desde la que se puede contemplar la imponente planta del Palacio del Marqués de Mirabel anexo a la Iglesia de Santo Domingo. El palacio, construido al parecer como casa-fuerte, fue transformado posteriormente en casa señorial en el siglo XVI mientras que la iglesia, de estilo gótico, tiene en su pórtico de estilo clásico su mayor atractivo.

Tras visitar su interior descendemos las escalinatas que nos llevan a la Calle Coria, al final de la cual se encuentra el Portal del mismo nombre y que proporcionaba el acceso a Plasencia desde la localidad cacereña. El cielo empieza a encapotarse nuevamente y a amenazar lluvia, con lo que aceleramos el paso calle abajo y, cruzando San Nicolás nuevamente, pasamos junto a la Casa de las 2 Torres en busca de la Plaza de la Catedral.

En ella, además de las Catedrales nueva y vieja como su propio nombre indica, encontramos además otros edificios de interés como la Casa del Deán y su maravilloso balcón de esquina. Construida en el siglo XVII debe su nombre, evidentemente, a que en tiempos fuera residencia de algunos deanes de la vecina Catedral.

Pero sin lugar a dudas la estrella del conjunto histórico placentino es la nueva Catedral construida en el siglo XV aunque no se llegara a terminar hasta dos siglos más tarde. De estilo renacentista plateresco alberga en su interior uno de los coros más bellos de España, tallado en madera de nogal, representando escenas del Antiguo y Nuevo Testamento y que originariamente perteneciera a la Catedral Vieja. Lamentablemente nos quedamos sin poder visitar su interior así que, como más vale una imagen que mil palabras os dejo un par de ellas para que podáis admirar su magnitud, al menos desde el exterior.
Adyacente a la Catedral Nueva se conserva la Catedral Vieja, de transición del románico al gótico, como se puede apreciar en su portada mucho más sencilla que la de su “hermana”. En ella se encuentra el Museo Catedralicio, colección de pinturas, esculturas y objetos de culto de gran valor histórico artístico.

Volvemos a callejear dirección a la Plaza Mayor, punto inicial de nuestro recorrido, donde hacemos tiempo hasta la hora de la cena. Degustamos los productos de la zona con un tapeo variado y volvemos al hotel para descansar de lo que ha sido un primer día intenso y de contacto con la tierra extremeña. El camino de vuelta se hace algo más largo que a primera hora de la tarde pero las vistas del Acueducto iluminado lo compensan con creces. Ahora toca descansar, esperan Las Hurdes.

viernes, 15 de abril de 2011

Descubriendo Aragón. Sádaba, Uncastillo y Sos del Rey Católico

5 de Marzo. Zaragoza se echa a la calle, y a los parques, para conmemorar la resistencia a las tropas carlistas que intentaron sin éxito tomar la ciudad a mediados del siglo XIX aunque muchos de los que ‘celebran’ hoy ese día desconocen el motivo y el porqué. Nosotros aprovechamos la festividad en la capital para coger el coche y descubrir un poco más de nuestra tierra. Esta vez el destino es la Comarca de las Cinco Villas.

Territorio limítrofe con la vecina comunidad de Navarra, la comarca está formada por las localidades de Ejea de los Caballeros (capital comarcal), Tauste, Sádaba, Uncastillo y Sos del Rey Católico. Estos dos municipios son los que marcamos en nuestra hoja de ruta antes de salir.

El camino que nos separa de Uncastillo, primera parada, no es precisamente corto. Más de 100 kilómetros que además deben realizarse mayoritariamente por carreteras secundarias, ya que la A-68 solo nos lleva hasta Alagón. Desde allí nos desviarnos por la A-126 hacia Tauste donde tomaremos la A-127. Atravesamos Ejea de los Caballeros y apenas veinte minutos después llegamos a Sádaba. En esta localidad nos llaman la atención los carteles que informan de sus restos romanos (Mausoleo de los Atilios y Los Bañales) que además nos cogen de camino en nuestro recorrido, por lo que decidimos dedicarles unos minutos. Pero sin lugar a duda, lo que más destaca en el entorno de Sádaba es su castillo por lo que, aunque no estaba inicialmente previsto, nos detenemos para visitarlo.

El castillo de Sádaba, restaurado y conservado por la Diputación General de Aragón, se levanta majestuoso sobre una pequeña altura a las afueras del pueblo, por lo que es fácilmente reconocible y accesible. Construido tal como lo conocemos en la primera mitad del siglo XIII, cuenta con una planta de casi 1000 m2 en cuyo interior alberga una capilla y un aljibe junto al patio de armas. Hay que decir que el castillo puede visitarse previo paso por la oficina de turismo, aunque debido a lo ajustado de nuestro tiempo decidimos posponer la visita para mejor ocasión y continuar nuestro camino, no sin antes tomar varias fotos de su espectacular planta.

Dejamos la A-127 para tomar la carretera que une Sádaba con Uncastillo previo paso por la pequeña localidad de Layana, donde se encuentran los restos romanos de Los Bañales. Antes de llegar al municipio nos desviamos por un camino de tierra que nos lleva a los pies del Mausoleo de los Atilios, conocido popularmente como Altar de los Moros. Del monumento, que actualmente se encuentra vallado, solo se conserva una de las portadas ya que al construirse en piedra arenisca la erosión no ha propiciado su conservación. Se dice que tres generaciones de la familia Atili fueron enterradas en este mausoleo.

Nos acercamos hasta las ruinas de lo que fue la villa romana de Los Bañales aunque el camino que accede a los restos del acueducto solo puede realizarse a pie, con lo que a pesar de no ser demasiado largo (diez minutos según las indicaciones) también decidimos no realizarlo. Volvemos a montarnos en el coche para cubrir los últimos kilómetros que nos separan de Uncastillo.

Es casi mediodía cuando entramos en la oficina de turismo para informarnos de todo lo que la localidad ofrece y, de paso, hacernos con unos mapas. A pocos pasos de allí se encuentra la iglesia de Santa María, de estilo románico, templo principal del pueblo y otrora colegiata que tomamos como punto de partida de nuestra visita. Desde allí callejeamos por las empinadas calles en busca del castillo, del cual ya solo quedan en pie la Torre del Homenaje y el Palacio de Pedro IV, de estilo gótico y recientemente restaurado. Como curiosidad cabe destacar que su arquitecto fue Blasco Aznárez de Borau, que también se encargara de la reforma de la Aljafería.

En el interior de la Torre se proyecta un audiovisual que cuenta los orígenes tanto de la fortaleza como de la localidad que prácticamente tienen su razón de ser el uno en el otro. Ascendiendo por una escalera de caracol podemos ir visitando sus diferentes plantas hasta alcanzar la azotea que nos presenta unas bonitas vistas tanto del pueblo como de la planta del castillo, pudiendo ver perfectamente los restos de los cimientos de lo que sería una torre ‘gemela’ a la del Homenaje.

Continuamos nuestro paseo por las calles de Uncastillo que prácticamente se encuentran desiertas a pesar de que todavía es una hora prudencial para pasear por ellas. La única gente que encontramos es un grupo que se encuentran realizando la visita guiada y cuyo guía nos informa de que la iglesia de San Martín se encuentra cerrada. Nos tenemos que conformar con tomar unas fotos de sus exteriores, donde destaca su imponente torre.

A la salida, y camino de Sos, encontramos los restos de una pequeña iglesia templaria de la que solamente queda en pie el portal de entrada. Sin embargo, desde ese mismo punto se puede recoger una de las mejores instantáneas del viaje: la panorámica de Uncastillo bajo el amparo de su fortaleza.

En apenas media hora llegamos a la localidad de Sos del Rey Católico, donde nos han recomendado dejar el coche a la entrada ya que el casco urbano está, prácticamente, cerrado al tráfico. Así lo hacemos y tras dejar el coche en la Plaza del Mesón buscamos algún sitio para comer antes de que se nos haga demasiado tarde. Tras saciar nuestro apetito comenzamos, mapa en mano, nuestro paseo por las calles de la población.

Originalmente llamada Sos (cuyo nombre quiere decir ‘sobre’, haciendo referencia a la orografía del lugar) la localidad recibió el ‘apellido’ del Rey Católico tras producirse en ella en 1452 el nacimiento del infante Fernando, quien años más tarde se convertiría en Rey de España.

Comenzamos nuestro paseo desde la propia Plaza del Mesón y atravesando el Portal de Zaragoza nos introducimos en pleno casco histórico. La población de Sos -completamente amurallada- conserva hasta siete portales de la muralla que la protegía, recibiendo cada uno de ellos el nombre del lugar con el que comunicaba ese camino (Zaragoza, Uncastillo, Sangüesa o Jaca). Una de las excepciones es el famoso Portal de la Reina, que debe su nombre a que fue el portal que atravesó la Reina para entrar en Sos cuando llegó para dar a luz a su primogénito Fernando.

Pasamos ante el Palacio Español de Niño y callejeando llegamos a las puertas del Palacio de Sada, casa noble en la que nació Fernando el Católico. Construido sobre las ruinas del antiguo castillo, su apariencia exterior es más de fortaleza que de palacio, debido a las almenas que pueblan su techo. Actualmente, el palacio alberga un centro de interpretación sobre la vida y obra del monarca siendo únicamente accesible mediante visita guiada. Como todavía no son las cuatro continuamos caminando por la judería, zona contigua al palacio, y descubriendo las callejuelas empedradas que nos acaban trasladando a la plaza del Ayuntamiento.

Camino de la Iglesia de San Esteban nos encontramos con numerosas estatuas que homenajean el rodaje de “La vaquilla”, película de Luis García Berlanga que narra las andanzas de un grupo de soldados republicanos infiltrados en territorio nacional durante la Guerra Civil española. Como no podía ser de otra manera, el director valenciano dispone de un lugar de excepción para su busto a los pies de las ruinas del castillo.

Del castillo, que antaño sirviera como defensa de Aragón ante el Reino de Navarra y previamente fuera territorio árabe ante la invasión cristiana, apenas queda en pie su Torre del Homenaje desde cuyo pie divisamos unas espectaculares vistas pudiéndose llegar a visualizar el Pirineo si el día acompaña. Prácticamente adosado al castillo, o mejor dicho a lo que fuera su emplazamiento, se encuentra la iglesia de San Esteban.

De origen románico, fue testigo del bautismo del monarca Fernando y ofrece una imagen de iglesia-fortaleza que nos hace imaginarla como una extensión más del castillo. Destaca sobremanera su pórtico, donde se representa un cristo Pantócrator escoltado por el Tetramorfos y estatuas columnarias en las que se representa al rey David o a Pelayo, así como su cripta –también conocida como iglesia baja- que conserva unos interesantes murales. Su acceso cuesta un euro y, lamentablemente, no están permitidas ni las fotos ni las grabaciones.

Desde allí nos dirigimos de vuelta al Palacio de Sada, punto de partida y destino de una visita guiada que nos desvela algunos secretos que, a simple vista, pasan desapercibidos a los ojos del viajero y nos ayuda a conocer un poco más la historia de la villa. Finalizada la ruta callejera y en plena visita del centro de interpretación de la vida de Fernando el Católico, una de sus ventanas nos deja una de las vistas más espectaculares del día.

Terminamos la visita y emprendemos el viaje de vuelta no sin antes detenernos en la panadería que hay junto al Portal de Zaragoza para hacernos con repostería típica. Los 120 kilómetros que nos quedan por delante sirven para reflexionar sobre una jornada que ha superado ampliamente las expectativas y que invita, sin duda, a una segunda visita en un tiempo quizá no muy lejano.

domingo, 27 de febrero de 2011

Lisboa. Alfama, la Lisboa más auténtica.

Amanece, después de dos días, sin lluvia nuestro último día en Portugal. Después de una semana en territorio lusitano es hora de apurar las últimas horas y visitar los últimos lugares antes de emprender el camino de regreso a Zaragoza.

Es domingo y eso se deja notar en las calles de la capital lusa, menos pobladas que en días anteriores pero sobre todo menos transitadas por el tráfico rodado. Volvemos a tomar por enésima vez el metro en Campo Pequeno (cómo vamos a echar de menos la peculiar plaza de toros) para dirigirnos directamente a Rossio. Como todavía no hemos desayunado nos acercamos a la famosa pastelería Suiza para terminar con nuestra vigilia, aunque -y seguramente motivado por las horas que son ya- el mostrador se encuentra un tanto desangelado por lo que decidimos acabar nuestro ayuno en una cafetería cercana.

Caminamos hacia Praça da Figueira para tomar el tranvía 12, que nos llevará prácticamente a las puertas del Castillo de San Jorge. El tiempo de espera hasta que llega el ‘eléctrico’ se hace largo, seguramente por ser domingo las frecuencias son menores, pero finalmente podemos subirnos a pesar del numeroso grupo que se ha formado en la parada. Volvemos a prestar atención a nuestros bolsillos.

Dejamos el tranvía cerca del mirador Portas do Sol que nos ofrece, con un día totalmente despejado y soleado, unas fantásticas vistas del barrio de la Alfama. La Alfama es uno de los barrios más ‘auténticos’ de Lisboa, cuna del fado y antiguo arrabal humilde de pescadores por su proximidad al Tajo. Nos adentramos en sus callejuelas empedradas para llegar a los pies de la joya de su corona: el Castillo de San Jorge.

Erigido sobre la colina de San Jorge (de ahí su nombre) en el siglo V por los visigodos, la fortaleza sufrió, posteriormente, ampliaciones por parte de los árabes durante el siglo IX y modificaciones en el reinado de Alfonso Enríquez (siglo XII). Actualmente en sus casi 6.000 m2 pueden recorrerse sus murallas, torres, plaza de armas y un pequeño museo que alberga algunos de los restos arqueológicos hallados durante su restauración. Gracias a su posición dominante sobre la ciudad ofrece también unas espectaculares vistas de la ciudad.



Prolongamos nuestra visita por espacio de más de dos horas y posteriormente tomamos la Rua de Augusto Rosa para visitar la Sé Catedral lisboeta. Consagrada a Santa María la Mayor, es la iglesia más antigua de la ciudad ya que data de 1147. Amalgama de diferentes estilos arquitectónicos como el románico o el gótico, la Catedral ha sido capaz de sobrevivir a los diferentes terremotos que han asolado Lisboa a lo largo de su historia. Como podréis comprobar, el aspecto externo (de fortaleza casi más que de iglesia) vuelve a recordar a la francesa Notre Damme, al igual que lo hacía la Sé Catedral de Oporto.



Es casi ya la hora de comer, así que buscamos uno de los restaurantes que nos han recomendado en la Alfama: el Río Coura, cercano a la catedral. Cuando conseguimos dar con él nos damos cuenta que la tarea no va a ser sencilla ya que el local está completo y la fila de gente que espera mesa se alarga hasta la misma calle. A pesar de que no tenemos ninguna prisa decidimos buscar otra opción y terminamos, aunque el día está un tanto inestable, en la terraza de un local cercano al Castillo de San Jorge. Degustamos nuestros últimos platos portugueses, bacalao y arroz con bogavante, entre los fados que se interpretan cada cierto tiempo.

Después de comer paseamos hasta la Rúa do Comercio donde aprovechamos para realizar las últimas compras, regalos para familia y amigos y recuerdos de un viaje en el que hemos podido conocer un poquito más en profundidad a nuestros vecinos portugueses y un país que esconde un encanto que merece la pena descubrir.

Tras un paso rápido por el hotel para dejar preparadas nuestras maletas y darnos una ducha, nos dirigimos hacia el Chiado para cenar en un restaurante italo-hindú (extraña fusión) frente al Convento do Carmo, que nos ha quedado pendiente de ver por culpa de la lluvia del día anterior. Desde allí caminamos hasta el Barrio Alto para visitar el Pavilhão Chinês, curioso local de copas que merece la pena visitar aunque solo sea por contemplar su particular decoración. El local, de curioso acceso, es un auténtico museo donde figuras, cascos y soldados de plomo, entre otras cosas, se acumulan a lo largo de sus estancias. Sin duda uno de los lugares más pintorescos de Lisboa.

Poco antes de la medianoche nos dirigimos al elevador da Gloria para descender, por última vez, a la Plaza de Restauradores donde tomaremos el metro hasta nuestro hotel. Han sido siete días vividos con intensidad y que dejarán Lisboa, y Portugal, para siempre en nuestro recuerdo.

jueves, 27 de enero de 2011

Lisboa. Belem bajo el diluvio

Como nos temíamos la noche anterior cuando nos acostamos, un cielo nublado y una constante lluvia son las dos primeras cosas que vemos al despertarnos y asomarnos a la ventana de la habitación. Por si fuera poco, al pisar la calle para desayunar, comprobamos que también el viento está presente. Parece que va a ser una mañana completa.

Tomamos el metro en la vecina estación de Campo Pequeno para dirigirnos a Cais do Sodré, paso previo a tomar el tranvía 15 que nos dejará en el barrio de Belem. Antiguo puerto desde donde partían en la antigüedad las carabelas en busca del Nuevo Mundo, actualmente es una de las zonas de la ciudad lisboeta más visitadas, repleta de amplias calles y zonas ajardinadas y un muelle del que ahora solo parten embarcaciones deportivas.

Descendemos del tranvía en la parada de Belem (no tiene pérdida) y la molesta lluvia continúa con nosotros dispuesta a ser compañera de viaje durante toda la mañana. Caminando por Rúa da Junqueira dos son las cosas que podemos contemplar de fondo: la primera es la impresionante silueta del Monasterio de los Jerónimos, primer punto de interés del día, la segunda la fila que ya se prepara para acceder al interior de la pastelería más famosa de Lisboa Pasteis de Belem. Como todavía no hace mucho que hemos desayunado, y no hace día para esperar en la calle, decidimos visitar primero el Monasterio antes de que la fila para entrar a éste se multiplique.

El Monasterio de los Jerónimos, de estilo manuelino, comenzó a construirse a principios del siglo XVI bajo mandato del rey Manuel I para conmemorar el regreso de las Indias de Vasco de Gama, aunque no terminaría de construirse y modificarse hasta el pasado siglo XX. Financiado gracias al 5% de los impuestos obtenidos de algunas de las especias que se trajeron de oriente, el lugar elegido para su levantamiento no fue aleatorio, ya que se eligió la playa en la que Vasco de Gama y sus hombres permanecieron orando la noche antes de partir hacía la India.





Ya inmersos en su interior, destaca especialmente el claustro tanto por su amplitud como por su detallada decoración en la que se representan motivos religiosos y marineros. A pie de calle se encuentra abierta al público la sala capitular en la que se haya la tumba Alexandre Herculano, primer alcalde de Belem. Otros ilustres personajes sepultados en el monasterio son Vasco de Gama (como no), el poeta Luis Camoes y el escritor Fernando Pessoa.

Después de captar con nuestras cámaras todos los detalles posibles tomamos las escaleras que conducen a la planta superior del claustro mientras los grupos de visitas organizadas comienzan a tomar el control al ser cada vez más y más numerosos. Desde el piso superior contemplamos con resignación cómo las gárgolas que decoran las cornisas empiezan a desalojar algo más del ‘hilillo’ de agua que evacuaban hace unos minutos. Accedemos a la iglesia y nos impresiona el enorme tamaño de la misma, acrecentado por la tenue luz del lugar. Tomamos las últimas fotos desde el coro alto y abandonamos el monasterio profundamente impresionados por la belleza del lugar, sin duda de los lugares más impactantes que hemos visto hasta la fecha.

Cuando cruzamos los jardines exteriores camino de la Torre de Belem la lluvia de la mañana comienza a convertirse en una especie de ducha manejada a capricho del viento que se vuelve más fuerte por momentos. De camino podemos ver, a la orilla del Tajo, el Monumento a los Descubridores. Construido por el dictador Salazar, el monumento de casi 50 metros de altura asemeja a una carabela con el escudo portugués en el que se hallan representados los héroes lusitanos de la Era de los Descubrimientos, siendo por ello uno de los símbolos del nacionalismo portugués. Desde su mirador se puede contemplar el Puente 25 de Abril en todo su esplendor, aunque nosotros nos conformamos con tomar las fotos desde abajo y proseguir nuestro camino.





La lluvia ya arrecia para cuando llegamos a la Torre de Belem. Construida al tiempo que se iniciaba el Monasterio de los Jerónimos y presente prácticamente en la desembocadura del Tajo, fue utilizada como fortaleza aunque también, posteriormente, como centro de recaudación de impuestos para poder acceder a la ciudad.

Lo peor de la Torre es, sin duda, el acceso a las plantas superiores ya que se realiza por una única y estrecha escalera de caracol, con lo que los atascos y las sensaciones de continuo agobio están garantizadas. Debido a las malas condiciones climatológicas declinamos permanecer mucho tiempo en su terraza, simplemente el justo y necesario para sacar alguna foto. Tras visitar los fosos de lo que era la antigua prisión volvimos al exterior.




Recorremos nuevamente la Avenida da India desandando nuestros pasos camino al Monasterio de los Jerónimos bajo una molesta lluvia que, unida a un fuerte viento, empieza a hacer complicado el uso de los paraguas. La numerosa fila que para esa hora se prepara en la puerta del monasterio nos hace alegrarnos de haber optado por la opción de no holgazanear en la cama. Como todavía es pronto para comer (incluso para los portugueses) decidimos tomar un café y, de paso, entrar en calor. Pasamos de los modernismos que nos ofrece Starbucks para visitar un lugar mítico y de obligado paso si os acercáis al barrio de Belem, la cafetería-pastelería Pastéis de Belem cuya especialidad son sus pasteles de nata, artesanos 100%. A pesar del enorme tamaño de sus salas y la cantidad de mesas de las que dispone, tuvimos que bucear a lo largo de ellas para encontrar una mesa en la que poder acomodarnos. Agradecimos meternos algo caliente en el cuerpo cuando, sobre todo, nuestros pies comenzaban a estar sobradamente húmedos.

Tras este pequeño impasse volvimos a la calle para dirigirnos hacia el Palacio de Ajuda. El trayecto hasta llegar a él se convierte en un infierno, primero por la desapacible lluvia que no cesa y después porque el recorrido se hace prácticamente por completo cuesta arriba. Para cuando nos plantamos a las puertas del Palacio no queda seco prácticamente un centímetro de nuestra ropa.

El Palacio de Ajuda fue residencia real durante el siglo XIX pasando a ser, tras la instauración de la República, museo histórico. De estilo neoclásico, el palacio conserva en su interior la decoración de la época que muestra cómo vivía la monarquía portuguesa de la época, por lo que se convierte en una visita curiosa si, como a nosotros, os sorprende un mal día. Con el diluvio universal cayendo fuera, nos tomamos todo el tiempo del mundo para visitar las estancias, acompañados en todo momento por un silencio sepulcral provocado por la nula presencia de turistas. Las fotos, una vez más, no están permitidas en el interior. Lástima.

Para cuando abandonamos el palacio la lluvia todavía no ha cesado, por lo que decidimos tomar el autobús para bajar hasta la Plaza del Comercio o sus proximidades. El trayecto se hace enormemente más corto que el de subida, aunque la presencia de una persona en claro estado de embriaguez lo hace un tanto movido. Por suerte el conductor tiene la habilidad necesaria para deshacerse de él en cuanto se presenta la ocasión.

Una vez en el centro y aprovechando que la lluvia parece dar un respiro comenzamos con la búsqueda de calzado apropiado para movernos entre las aguas, aunque lamentablemente no tenemos mucha suerte. Cuando parece que la lluvia amenaza con volver a arreciar nos cobijamos en un restaurante y aprovechamos para comer, que ya es hora. ¡Menos mal que los pasteis de Belem nos han mantenido con energía hasta entonces!

Después de comer, pero con los pies igual de mojados decidimos dedicar la tarde a renovar nuestro calzado. Esta claro que nuestras botas y zapatillas no pueden seguir mojadas el resto del día en nuestros pies… ¡y aún nos queda el día siguiente! Por lo que nos dirigimos hacia Rua do Carmo para abastecernos en el centro comercial de nuevo calzado y calcetines. Contemplamos anonadados como no somos los únicos a los que ha sorprendido semejante torrente de agua (obviamente todos turistas), incluso calle abajo alguien ha dejado “a secar” sus zapatillas sobre una papelera. Perfectamente suministrados nos dirigimos al hotel para secarnos convenientemente y tomar un respiro.

Con la noche caída sobre la capital lusa volvemos a la calle para ver la ciudad desde otro punto de vista, el del mítico ‘eléctrico’ 28. Advertidos una y mil veces de la presencia de ‘amigos de lo ajeno’ disfrutamos del viaje acompañados por un numeroso grupo de españoles que han llegado a orillas del Tajo con motivo del GP de Estoril de motociclismo. Optamos por realizar el recorrido completo, sin bajar en ningún momento, hasta el obligado fin de trayecto. Lisboa de noche tiene otro color pero sigue manteniendo su encanto, y recorrerla a bordo de los clásicos tranvías te hace viajar en el tiempo, haciendo de estos trayectos casi una obligación.

De vuelta al Barrio Alto buscamos un lugar donde llenar la barriga, cosa que conseguimos con un espectacular bacalhau com natas, una de las mil y una formas de comer este pescado en el país vecino. Dudamos en acercarnos después de cenar al Pavilhao Chinès, del que nos han dado excelentes referencias, pero decidimos dejarlo para el día siguiente. Es hora de volver al hotel y buscar el calor de la cama. Al fin y al cabo, tras el día vivido, lo tenemos largamente merecido.

domingo, 2 de enero de 2011

Sintra. Atrapados en el tiempo

La lluvia, siempre mala compañera de viaje, nos sorprende cuando descorremos las cortinas de la habitación. Estábamos teniendo mucha suerte con la climatología pero seguramente hoy sea de los peores días para que aparezca ya que este clima desluce, en gran medida, las vistas de la ciudad de Sintra.

Con una población de algo más de treinta mil habitantes, la pequeña ciudad perteneciente al distrito y región de Lisboa aúna una cantidad de patrimonio tal que la convierte en visita prácticamente imprescindible si pasas cerca de ella. No en vano, está declarada Patrimonio de la Humanidad desde 1995.

Desayunamos con las noticias de la televisión portuguesa de fondo y las malas previsiones climatológicas para los próximos días. Tras finalizar nuestro galao, acompañado esta vez de unos queques de chocolate, nos dirigimos a la vecina estación de Entrecampos para tomar el tren que nos lleve a Sintra. Durante el viaje contemplamos, entre el estupor y la desilusión, como la leve lluvia de primera hora de la mañana se convierte de repente en algo muy parecido a la sensación de meterte debajo de la ducha, tanto que incluso el agua llega a irrumpir con fuerza en nuestro vagón.

En apenas unos minutos llegamos a la estación de Sintra, donde nos apresuramos para llegar a coger el bus que sube directamente al Palacio da Pena. A la continua lluvia se le suma un molesto viento y una densa niebla que se hace más patente a los pies del palacio. La ascensión a éste se realiza por una estrecha carretera llena de curvas que la adversa climatología convierte en un pequeño "rally”.

Nos hacemos con las entradas para realizar la visita en unas pequeñas casetas prefabricadas existentes a la entrada del recinto y tomamos el trenecito que cubre el último tramo del ascenso hasta las puertas del palacio. Este trayecto se puede cubrir a pie tranquilamente (apenas son unos metros de pendiente no excesivamente prolongada) pero desde luego no era el mejor día para ponerlo en práctica.

Dejamos las fotos de los exteriores para la salida y nos apresuramos a entrar en el palacio. Nos entregan unas bolsas de plástico para introducir nuestros chorreantes paraguas (buen detalle) y comenzamos la visita a través de estancias y pasillos. Por desgracia no están permitidas las grabaciones ni la toma de imágenes en el interior, pero tengo que reconocer que la visita me dejó profundamente satisfecho. El palacio conserva mobiliario, útiles o vestidos de la época y la visita, aunque esto depende del ritmo de cada uno, se prolonga por espacio de más de una hora.

Volvemos al exterior del palacio y aprovechamos que la lluvia nos concede una pequeña tregua para realizar las fotos pertinentes. La niebla que nos rodea en lo alto de la montaña concede, si cabe, una imagen misteriosa y romántica que queda reflejada en las fotografías.




El palacio fue construido por el príncipe Fernando II de Portugal a mediados del siglo XIX sobre las ruinas de un antiguo monasterio jerónimo devastado por el terremoto de Lisboa, y debe su nombre a éste ya que estaba consagrado a Nossa Senhora da Pena (Nuestra Señora de la Peña). Arquitectónicamente es una amalgama de estilos que van desde el neo-gótico al neo-renacentista pasando por influencias islámicas y de arquitectura colonial. Llama poderosamente la atención la figura de Tritón (imagen 3) -una mezcla de hombre y pez- bajo una de las ventanas, en una alegoría que representa la creación del mundo.

Tomamos el bus de vuelta al centro de la ciudad en busca de un lugar para llenar nuestros estómagos que empiezan a pedir sustento. Una vez satisfechos y contemplando con alegría que la lluvia ha cesado e incluso el sol quiere aparecer, emprendemos el camino hacia la Quinta da Regaleira.

La Quinta es, a lo largo y ancho de sus cuatro hectáreas de terreno, un monumento al misterio en su máximo exponente. Tanto su bosque como sus grutas o lagos han sido relacionados con temas tan tratados como la alquimia o la masonería. Aunque sus orígenes datan del siglo XVII, el estilo predominante en el palacio es el neomanuelino, habiendo también referencias góticas y neoclásicas. Nos hacemos con las entradas en taquilla y nos proporcionan un plano detallado del jardín de la Quinta, imprescindible si no quieres perderte ni un solo rincón de éste.

Nos tomamos nuestro tiempo para recorrer cada rincón, cada pasadizo tratando de no perder detalle. Visitamos los lugares más espectaculares de la finca, como la Capilla de la Santísima Trinidad -también de estilo neomanuelino- o el pozo iniciático, de reminiscencias templarias. En su fondo puede contemplarse la representación de una rosa de los vientos sobre la cruz templaria, indicativo de la Órden Rosacruz, y recibe su nombre por los rituales masónicos de iniciación que se llevaban a cabo en su interior.




Apuramos nuestro paseo por los jardines, ya en el exterior, antes de abandonar definitivamente la finca para volver a tomar el autobús camino de la estación. Con una tarde ya definitivamente soleada se puede contemplar en lo alto de las montañas las siluetas del Palacio da Pena y el Castelo dos Mouros, del cual dejaremos su visita para mejor ocasión. En este viaje nos conformaremos con contemplarlo desde la distancia.



El tren nos está esperando ya cuando llegamos a la estación de Sintra, así que sin perder tiempo nos montamos en uno de sus vagones y esperamos pacientemente a que salga. Poco más de media hora después y con apenas un par de transbordos volvemos a estar en la habitación del hotel. Todavía no es muy tarde, pero aprovechamos para darnos una ducha caliente (algo que se agradece con el día que hemos sufrido) antes de salir para el Estadio da Luz.

Aprovechando que el Benfica juega en casa, y los precios acompañan, vamos a darnos una vuelta por las taquillas a ver si hay suerte. Cuando salimos del metro en la parada de Luz los aficionados encarnados ya se dejan notar y los puestos de bufandas, banderas y demás atestan las calles aledañas al estadio. Compramos dos entradas sin mayores problemas y entramos al estadio, previo meticuloso cacheo, algo a lo que estamos poco acostumbrados en España.




El estadio, aún medio vacío, resulta verdaderamente impresionante. Construido en 2004 con motivo de la celebración del Campeonato de Europa de Selecciones en el país vecino tiene una capacidad para 66.000 espectadores, casi la mitad de los que podía albergar el Estadio da Luz original. Asistimos al espectáculo previo a cada choque, en el que el águila del Benfica realiza un descenso desde uno de los aleros del estadio hasta posarse sobre el escudo del club al ser llamada desde el centro del campo. El Benfica se impone sin apuros a un voluntarioso Paços de Ferreira con gol de Aimar, ex Real Zaragoza, incluido y la dichosa lluvia vuelve a hacer acto de presencia durante el encuentro.

A la salida del estadio nos dirigimos al Centro Comercial Colombo para cenar algo antes de volver al hotel. Nos han contado que el centro posee una increíble galería de restaurantes en la que puedes cenar prácticamente cualquier tipo de comida, y no exageraban. Otra de las peculiaridades del centro (realmente lo es en general) es que las tiendas permanecen abiertas hasta las doce la noche, con lo que aprovechamos para hacernos con un paraguas para reemplazar al “fallecido” en la visita a Sintra.

Tomamos nuevamente el metro camino del hotel deseando que la lluvia nos de una tregua después de la mañana que nos ha dado, pero ni el cielo ni las previsiones meteorológicas invitan a ser optimistas.