jueves, 27 de enero de 2011

Lisboa. Belem bajo el diluvio

Como nos temíamos la noche anterior cuando nos acostamos, un cielo nublado y una constante lluvia son las dos primeras cosas que vemos al despertarnos y asomarnos a la ventana de la habitación. Por si fuera poco, al pisar la calle para desayunar, comprobamos que también el viento está presente. Parece que va a ser una mañana completa.

Tomamos el metro en la vecina estación de Campo Pequeno para dirigirnos a Cais do Sodré, paso previo a tomar el tranvía 15 que nos dejará en el barrio de Belem. Antiguo puerto desde donde partían en la antigüedad las carabelas en busca del Nuevo Mundo, actualmente es una de las zonas de la ciudad lisboeta más visitadas, repleta de amplias calles y zonas ajardinadas y un muelle del que ahora solo parten embarcaciones deportivas.

Descendemos del tranvía en la parada de Belem (no tiene pérdida) y la molesta lluvia continúa con nosotros dispuesta a ser compañera de viaje durante toda la mañana. Caminando por Rúa da Junqueira dos son las cosas que podemos contemplar de fondo: la primera es la impresionante silueta del Monasterio de los Jerónimos, primer punto de interés del día, la segunda la fila que ya se prepara para acceder al interior de la pastelería más famosa de Lisboa Pasteis de Belem. Como todavía no hace mucho que hemos desayunado, y no hace día para esperar en la calle, decidimos visitar primero el Monasterio antes de que la fila para entrar a éste se multiplique.

El Monasterio de los Jerónimos, de estilo manuelino, comenzó a construirse a principios del siglo XVI bajo mandato del rey Manuel I para conmemorar el regreso de las Indias de Vasco de Gama, aunque no terminaría de construirse y modificarse hasta el pasado siglo XX. Financiado gracias al 5% de los impuestos obtenidos de algunas de las especias que se trajeron de oriente, el lugar elegido para su levantamiento no fue aleatorio, ya que se eligió la playa en la que Vasco de Gama y sus hombres permanecieron orando la noche antes de partir hacía la India.





Ya inmersos en su interior, destaca especialmente el claustro tanto por su amplitud como por su detallada decoración en la que se representan motivos religiosos y marineros. A pie de calle se encuentra abierta al público la sala capitular en la que se haya la tumba Alexandre Herculano, primer alcalde de Belem. Otros ilustres personajes sepultados en el monasterio son Vasco de Gama (como no), el poeta Luis Camoes y el escritor Fernando Pessoa.

Después de captar con nuestras cámaras todos los detalles posibles tomamos las escaleras que conducen a la planta superior del claustro mientras los grupos de visitas organizadas comienzan a tomar el control al ser cada vez más y más numerosos. Desde el piso superior contemplamos con resignación cómo las gárgolas que decoran las cornisas empiezan a desalojar algo más del ‘hilillo’ de agua que evacuaban hace unos minutos. Accedemos a la iglesia y nos impresiona el enorme tamaño de la misma, acrecentado por la tenue luz del lugar. Tomamos las últimas fotos desde el coro alto y abandonamos el monasterio profundamente impresionados por la belleza del lugar, sin duda de los lugares más impactantes que hemos visto hasta la fecha.

Cuando cruzamos los jardines exteriores camino de la Torre de Belem la lluvia de la mañana comienza a convertirse en una especie de ducha manejada a capricho del viento que se vuelve más fuerte por momentos. De camino podemos ver, a la orilla del Tajo, el Monumento a los Descubridores. Construido por el dictador Salazar, el monumento de casi 50 metros de altura asemeja a una carabela con el escudo portugués en el que se hallan representados los héroes lusitanos de la Era de los Descubrimientos, siendo por ello uno de los símbolos del nacionalismo portugués. Desde su mirador se puede contemplar el Puente 25 de Abril en todo su esplendor, aunque nosotros nos conformamos con tomar las fotos desde abajo y proseguir nuestro camino.





La lluvia ya arrecia para cuando llegamos a la Torre de Belem. Construida al tiempo que se iniciaba el Monasterio de los Jerónimos y presente prácticamente en la desembocadura del Tajo, fue utilizada como fortaleza aunque también, posteriormente, como centro de recaudación de impuestos para poder acceder a la ciudad.

Lo peor de la Torre es, sin duda, el acceso a las plantas superiores ya que se realiza por una única y estrecha escalera de caracol, con lo que los atascos y las sensaciones de continuo agobio están garantizadas. Debido a las malas condiciones climatológicas declinamos permanecer mucho tiempo en su terraza, simplemente el justo y necesario para sacar alguna foto. Tras visitar los fosos de lo que era la antigua prisión volvimos al exterior.




Recorremos nuevamente la Avenida da India desandando nuestros pasos camino al Monasterio de los Jerónimos bajo una molesta lluvia que, unida a un fuerte viento, empieza a hacer complicado el uso de los paraguas. La numerosa fila que para esa hora se prepara en la puerta del monasterio nos hace alegrarnos de haber optado por la opción de no holgazanear en la cama. Como todavía es pronto para comer (incluso para los portugueses) decidimos tomar un café y, de paso, entrar en calor. Pasamos de los modernismos que nos ofrece Starbucks para visitar un lugar mítico y de obligado paso si os acercáis al barrio de Belem, la cafetería-pastelería Pastéis de Belem cuya especialidad son sus pasteles de nata, artesanos 100%. A pesar del enorme tamaño de sus salas y la cantidad de mesas de las que dispone, tuvimos que bucear a lo largo de ellas para encontrar una mesa en la que poder acomodarnos. Agradecimos meternos algo caliente en el cuerpo cuando, sobre todo, nuestros pies comenzaban a estar sobradamente húmedos.

Tras este pequeño impasse volvimos a la calle para dirigirnos hacia el Palacio de Ajuda. El trayecto hasta llegar a él se convierte en un infierno, primero por la desapacible lluvia que no cesa y después porque el recorrido se hace prácticamente por completo cuesta arriba. Para cuando nos plantamos a las puertas del Palacio no queda seco prácticamente un centímetro de nuestra ropa.

El Palacio de Ajuda fue residencia real durante el siglo XIX pasando a ser, tras la instauración de la República, museo histórico. De estilo neoclásico, el palacio conserva en su interior la decoración de la época que muestra cómo vivía la monarquía portuguesa de la época, por lo que se convierte en una visita curiosa si, como a nosotros, os sorprende un mal día. Con el diluvio universal cayendo fuera, nos tomamos todo el tiempo del mundo para visitar las estancias, acompañados en todo momento por un silencio sepulcral provocado por la nula presencia de turistas. Las fotos, una vez más, no están permitidas en el interior. Lástima.

Para cuando abandonamos el palacio la lluvia todavía no ha cesado, por lo que decidimos tomar el autobús para bajar hasta la Plaza del Comercio o sus proximidades. El trayecto se hace enormemente más corto que el de subida, aunque la presencia de una persona en claro estado de embriaguez lo hace un tanto movido. Por suerte el conductor tiene la habilidad necesaria para deshacerse de él en cuanto se presenta la ocasión.

Una vez en el centro y aprovechando que la lluvia parece dar un respiro comenzamos con la búsqueda de calzado apropiado para movernos entre las aguas, aunque lamentablemente no tenemos mucha suerte. Cuando parece que la lluvia amenaza con volver a arreciar nos cobijamos en un restaurante y aprovechamos para comer, que ya es hora. ¡Menos mal que los pasteis de Belem nos han mantenido con energía hasta entonces!

Después de comer, pero con los pies igual de mojados decidimos dedicar la tarde a renovar nuestro calzado. Esta claro que nuestras botas y zapatillas no pueden seguir mojadas el resto del día en nuestros pies… ¡y aún nos queda el día siguiente! Por lo que nos dirigimos hacia Rua do Carmo para abastecernos en el centro comercial de nuevo calzado y calcetines. Contemplamos anonadados como no somos los únicos a los que ha sorprendido semejante torrente de agua (obviamente todos turistas), incluso calle abajo alguien ha dejado “a secar” sus zapatillas sobre una papelera. Perfectamente suministrados nos dirigimos al hotel para secarnos convenientemente y tomar un respiro.

Con la noche caída sobre la capital lusa volvemos a la calle para ver la ciudad desde otro punto de vista, el del mítico ‘eléctrico’ 28. Advertidos una y mil veces de la presencia de ‘amigos de lo ajeno’ disfrutamos del viaje acompañados por un numeroso grupo de españoles que han llegado a orillas del Tajo con motivo del GP de Estoril de motociclismo. Optamos por realizar el recorrido completo, sin bajar en ningún momento, hasta el obligado fin de trayecto. Lisboa de noche tiene otro color pero sigue manteniendo su encanto, y recorrerla a bordo de los clásicos tranvías te hace viajar en el tiempo, haciendo de estos trayectos casi una obligación.

De vuelta al Barrio Alto buscamos un lugar donde llenar la barriga, cosa que conseguimos con un espectacular bacalhau com natas, una de las mil y una formas de comer este pescado en el país vecino. Dudamos en acercarnos después de cenar al Pavilhao Chinès, del que nos han dado excelentes referencias, pero decidimos dejarlo para el día siguiente. Es hora de volver al hotel y buscar el calor de la cama. Al fin y al cabo, tras el día vivido, lo tenemos largamente merecido.

domingo, 2 de enero de 2011

Sintra. Atrapados en el tiempo

La lluvia, siempre mala compañera de viaje, nos sorprende cuando descorremos las cortinas de la habitación. Estábamos teniendo mucha suerte con la climatología pero seguramente hoy sea de los peores días para que aparezca ya que este clima desluce, en gran medida, las vistas de la ciudad de Sintra.

Con una población de algo más de treinta mil habitantes, la pequeña ciudad perteneciente al distrito y región de Lisboa aúna una cantidad de patrimonio tal que la convierte en visita prácticamente imprescindible si pasas cerca de ella. No en vano, está declarada Patrimonio de la Humanidad desde 1995.

Desayunamos con las noticias de la televisión portuguesa de fondo y las malas previsiones climatológicas para los próximos días. Tras finalizar nuestro galao, acompañado esta vez de unos queques de chocolate, nos dirigimos a la vecina estación de Entrecampos para tomar el tren que nos lleve a Sintra. Durante el viaje contemplamos, entre el estupor y la desilusión, como la leve lluvia de primera hora de la mañana se convierte de repente en algo muy parecido a la sensación de meterte debajo de la ducha, tanto que incluso el agua llega a irrumpir con fuerza en nuestro vagón.

En apenas unos minutos llegamos a la estación de Sintra, donde nos apresuramos para llegar a coger el bus que sube directamente al Palacio da Pena. A la continua lluvia se le suma un molesto viento y una densa niebla que se hace más patente a los pies del palacio. La ascensión a éste se realiza por una estrecha carretera llena de curvas que la adversa climatología convierte en un pequeño "rally”.

Nos hacemos con las entradas para realizar la visita en unas pequeñas casetas prefabricadas existentes a la entrada del recinto y tomamos el trenecito que cubre el último tramo del ascenso hasta las puertas del palacio. Este trayecto se puede cubrir a pie tranquilamente (apenas son unos metros de pendiente no excesivamente prolongada) pero desde luego no era el mejor día para ponerlo en práctica.

Dejamos las fotos de los exteriores para la salida y nos apresuramos a entrar en el palacio. Nos entregan unas bolsas de plástico para introducir nuestros chorreantes paraguas (buen detalle) y comenzamos la visita a través de estancias y pasillos. Por desgracia no están permitidas las grabaciones ni la toma de imágenes en el interior, pero tengo que reconocer que la visita me dejó profundamente satisfecho. El palacio conserva mobiliario, útiles o vestidos de la época y la visita, aunque esto depende del ritmo de cada uno, se prolonga por espacio de más de una hora.

Volvemos al exterior del palacio y aprovechamos que la lluvia nos concede una pequeña tregua para realizar las fotos pertinentes. La niebla que nos rodea en lo alto de la montaña concede, si cabe, una imagen misteriosa y romántica que queda reflejada en las fotografías.




El palacio fue construido por el príncipe Fernando II de Portugal a mediados del siglo XIX sobre las ruinas de un antiguo monasterio jerónimo devastado por el terremoto de Lisboa, y debe su nombre a éste ya que estaba consagrado a Nossa Senhora da Pena (Nuestra Señora de la Peña). Arquitectónicamente es una amalgama de estilos que van desde el neo-gótico al neo-renacentista pasando por influencias islámicas y de arquitectura colonial. Llama poderosamente la atención la figura de Tritón (imagen 3) -una mezcla de hombre y pez- bajo una de las ventanas, en una alegoría que representa la creación del mundo.

Tomamos el bus de vuelta al centro de la ciudad en busca de un lugar para llenar nuestros estómagos que empiezan a pedir sustento. Una vez satisfechos y contemplando con alegría que la lluvia ha cesado e incluso el sol quiere aparecer, emprendemos el camino hacia la Quinta da Regaleira.

La Quinta es, a lo largo y ancho de sus cuatro hectáreas de terreno, un monumento al misterio en su máximo exponente. Tanto su bosque como sus grutas o lagos han sido relacionados con temas tan tratados como la alquimia o la masonería. Aunque sus orígenes datan del siglo XVII, el estilo predominante en el palacio es el neomanuelino, habiendo también referencias góticas y neoclásicas. Nos hacemos con las entradas en taquilla y nos proporcionan un plano detallado del jardín de la Quinta, imprescindible si no quieres perderte ni un solo rincón de éste.

Nos tomamos nuestro tiempo para recorrer cada rincón, cada pasadizo tratando de no perder detalle. Visitamos los lugares más espectaculares de la finca, como la Capilla de la Santísima Trinidad -también de estilo neomanuelino- o el pozo iniciático, de reminiscencias templarias. En su fondo puede contemplarse la representación de una rosa de los vientos sobre la cruz templaria, indicativo de la Órden Rosacruz, y recibe su nombre por los rituales masónicos de iniciación que se llevaban a cabo en su interior.




Apuramos nuestro paseo por los jardines, ya en el exterior, antes de abandonar definitivamente la finca para volver a tomar el autobús camino de la estación. Con una tarde ya definitivamente soleada se puede contemplar en lo alto de las montañas las siluetas del Palacio da Pena y el Castelo dos Mouros, del cual dejaremos su visita para mejor ocasión. En este viaje nos conformaremos con contemplarlo desde la distancia.



El tren nos está esperando ya cuando llegamos a la estación de Sintra, así que sin perder tiempo nos montamos en uno de sus vagones y esperamos pacientemente a que salga. Poco más de media hora después y con apenas un par de transbordos volvemos a estar en la habitación del hotel. Todavía no es muy tarde, pero aprovechamos para darnos una ducha caliente (algo que se agradece con el día que hemos sufrido) antes de salir para el Estadio da Luz.

Aprovechando que el Benfica juega en casa, y los precios acompañan, vamos a darnos una vuelta por las taquillas a ver si hay suerte. Cuando salimos del metro en la parada de Luz los aficionados encarnados ya se dejan notar y los puestos de bufandas, banderas y demás atestan las calles aledañas al estadio. Compramos dos entradas sin mayores problemas y entramos al estadio, previo meticuloso cacheo, algo a lo que estamos poco acostumbrados en España.




El estadio, aún medio vacío, resulta verdaderamente impresionante. Construido en 2004 con motivo de la celebración del Campeonato de Europa de Selecciones en el país vecino tiene una capacidad para 66.000 espectadores, casi la mitad de los que podía albergar el Estadio da Luz original. Asistimos al espectáculo previo a cada choque, en el que el águila del Benfica realiza un descenso desde uno de los aleros del estadio hasta posarse sobre el escudo del club al ser llamada desde el centro del campo. El Benfica se impone sin apuros a un voluntarioso Paços de Ferreira con gol de Aimar, ex Real Zaragoza, incluido y la dichosa lluvia vuelve a hacer acto de presencia durante el encuentro.

A la salida del estadio nos dirigimos al Centro Comercial Colombo para cenar algo antes de volver al hotel. Nos han contado que el centro posee una increíble galería de restaurantes en la que puedes cenar prácticamente cualquier tipo de comida, y no exageraban. Otra de las peculiaridades del centro (realmente lo es en general) es que las tiendas permanecen abiertas hasta las doce la noche, con lo que aprovechamos para hacernos con un paraguas para reemplazar al “fallecido” en la visita a Sintra.

Tomamos nuevamente el metro camino del hotel deseando que la lluvia nos de una tregua después de la mañana que nos ha dado, pero ni el cielo ni las previsiones meteorológicas invitan a ser optimistas.

martes, 14 de diciembre de 2010

Lisboa. Un paseo por la Baixa y el Chiado

Nuestro primer día en Portugal amanece con buen tiempo. La mañana despejada y una buena temperatura nos animan a recorrer la distancia que nos separa de la Plaza del Comercio caminando.

Salimos del hotel y tomamos Avenida de Berna dirección Plaza de España. Una vez allí, los jardines de Eduardo VII quedan a escasos minutos. Lo primero que encontramos al acceder por su parte norte es el jardín de Amalia Rodrigues. Un pequeño rincón de la mayor zona verde lisboeta está dedicado a la memoria de la, probablemente, cantante de fado más famosa de Portugal. A escasos metros, una enorme bandera portuguesa (al estilo de la famosa bandera española en Colón) nos alerta de la presencia del Monumento dedicado al 25 de Abril, que rinde homenaje al día de la Revolución de los Claveles que acabó con la dictadura portuguesa. Desde allí se puede contemplar una espectacular vista casi completa del parque, con la Plaza del Marqués de Pombal al fondo. Descendemos la prolongada rampa de varios cientos de metros que salva el desnivel entre ambos para llegar a uno de los puntos con más tráfico de la capital lusa.

El Marqués de Pombal, primer ministro del monarca José I, fue un personaje de gran peso específico en la historia del país vecino. Principal artífice del acercamiento de Portugal a la realidad económica de los países del norte de Europa, desempeñó también un importante papel en la renovación arquitectónica de la capital tras el terremoto que la asoló en 1755. Su quimera fue intentar que el pueblo y la nobleza tuvieran los mismos derechos. Una imponente estatua recuerda su memoria en una de las más transitadas rotondas de la ciudad.

La Plaza Marqués de Pombal resulta también el origen de la avenida más importante de Lisboa, la Avenida de la Libertad. Inaugurada en 1879 es, a lo largo de sus más de mil metros, el punto donde se concentran tanto las tiendas como los hoteles más exclusivos de la ciudad. Una de sus señas de identidad más características se encuentra en los mosaicos de piedra blanca y negra que dibujan en sus aceras innumerables figuras.

Al final de la avenida nos encontramos con la Plaza de los Restauradores, que debe su nombre a todas aquellas personas que recuperaron la independencia portuguesa en 1640. Su inconfundible obelisco se alza frente a las puertas del Hotel Avenida Palace, el único hotel con categoría cinco estrellas de la capital lusa. A mano derecha dejamos el funicular de Gloria, acceso por excelencia al barrio alto, que tomaremos más adelante.

Prácticamente anexa a ésta se encuentra la Plaza de Rossio, con su espectacular estación de tren de estilo neo-manuelino cuya doble puerta en forma de herradura la hace inconfundible y uno de los obligados puntos de interés turístico. Junto a ella comparte presencia en la plaza el Teatro Nacional María II. De estilo neoclásico, toma su nombre de la hija de Don Pedro IV y preside desde la década de los cuarenta, aunque fue restaurado en los setenta, dicha plaza.

Continuamos nuestro camino por Rúa Augusta, principal foco comercial de la ciudad, para alcanzar al final de ésta la Plaza del Comercio. Situada sobre el terreno que ocupó el Palacio Real antes de ser destruido por el terremoto de 1775, la Plaza del Comercio simboliza la apertura de la ciudad lisboeta al Tajo ya que históricamente sirvió como puerto de barcos mercantiles. Coronada por su enorme Arco Triunfal y presidida por una estatua a caballo de Don José I.


Tras tomar varias fotos de la plaza desde Cais de Sodré nos acercamos a la oficina ambulante de ask me L¿sboa para hacernos con las Lisboa Card y acto seguido volvemos a adentrarnos en las entrañas de la Baixa. Recorremos nuevamente Rúa Augusta y sus alrededores donde tenemos que desechar en varias ocasiones los ilegales ofrecimientos que llegan a nuestros oidos, mientras curioseamos en los escaparates de las numerosas tiendas de souvenirs que pueblan la calle. Antes de hacer un alto para comer decidimos tomar el Elevador de Santa Justa, toda una obra de arte que conecta la Baixa con el Chiado. A los pies del centenario ascensor, impresiona ver su estructura de metal que sigue aguantando imperturbable el paso del tiempo. Una vez arriba, lo que impresionan son las vistas que contemplamos de la Rúa Augusta, la Plaza de Rossio o el Castillo de San Jorge. Tomamos el ascensor de vuelta a la tierra y buscamos un lugar donde comer, es hora de probar el famoso bacalhau portugués.

Cruzamos el pórtico que conecta la Rúa dos Sapateiros con Rossio y no podemos resistir la tentación de tomar una ginjinha, típico licor de cereza portugués, para ayudar con la digestión. Con el estómago caliente, paseamos por Rossio ante el famoso Café Nicola camino del funicular de Gloria. En funcionamiento desde 1885, es el más antiguo de los existentes en Lisboa y comunica el Barrio Alto y la Baixa salvando el tremendo desnivel existente entre ellos. En sus orígenes el elevador funcionaba con unos depósitos de agua que gracias a la gravedad hacían descender uno a la vez que ascendían el otro. Más tarde pasó a funcionar a vapor para finalmente hacerlo, a partir de 1914, de forma eléctrica. A pesar del ruido que produce durante su ascensión concluimos satisfactoriamente nuestro viaje y el premio que obtenemos son unas preciosas vistas de la ciudad desde el Mirador de San Pedro de Alcántara.

Cogemos el elevador para recorrer esta vez el camino inverso y retornar a Rossio, desde donde nos dirigimos a Plaza de Figueira para visitar la Iglesia de Sao Domingo. Esta iglesia tiene la peculiaridad de haber sido una de las pocas edificaciones capaz de soportar los incendios del famoso terremoto que asoló Lisboa. Su interior calcinado impresiona, más si cabe si tenemos en cuenta que se dice que la Inquisición quemaba en su interior a quienes consideraba infieles.



Todavía es pronto y aún no ha comenzado a anochecer, así que decidimos tomar el metro para visitar el Parque de las Naciones, recinto que albergó en 1998 la Exposición Internacional cuya temática giró entorno a los océanos. El Parque de las Naciones alberga uno de los oceanográficos más importantes de Europa, aunque esta vez declinamos visitarlo y nos centramos simplemente en pasear a lo largo de los metros y metros de recinto, que han quedado como una de las principales zonas de ocio para los lisboetas y zona turística para visitantes. Contemplamos las obras que convertirán la Torre Vasco de Gama en un espectacular hotel de categoría cinco estrellas, así como el kilométrico puente del mismo nombre que conecta Lisboa con la otra orilla del Tajo a lo largo de trece interminables kilómetros.

Cuando salimos del metro en la estación de Rossio la noche ya ha caído sobre Lisboa y aprovechamos para contemplar todo cuanto hemos visto durante la mañana bajo la nueva perspectiva que ofrece la iluminación.


Cenamos algo ligero y sobre todo rápido antes de tomar el metro de vuelta a nuestro hotel. No ha estado mal el primer día en Lisboa y al día siguiente nos espera Sintra, pequeño paréntesis en nuestra estancia en la capital.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Aveiro

Nos despertamos pronto, no puede ser de otra manera con todo lo que nos espera por delante. Volvemos al Pingo Doce para repetir desayuno antes de recoger nuestras maletas y volverlas a cargar en el coche. El ser humano, dicen, es un animal de costumbres y nosotros no vamos a ser la excepción. Introducimos nuestro nuevo destino en el GPS: Aveiro, intentando evitar las autovías que el gobierno portugués ha elegido como fuente de ingreso extra ante la crisis que azota el país.

Con la sensación de haber exprimido al máximo nuestra estancia en Oporto pero a la vez contrariados por no haberla podido disfrutar un poco más, tomamos la A1 dirección a la capital lusa. Lisboa nos espera como destino final pero aprovecharemos los más de trescientos kilómetros de trayecto para visitar Aveiro, una pequeña localidad pesquera próxima a Oporto cuya máxima atracción turística la representan los canales que la cruzan. No son pocos los que la catalogan como la Venecia portuguesa, algo excesivo seguramente que puede llevar a pequeñas decepciones como la que nos invadió tras nuestra visita.

Tras un pequeño rodeo por las carreteras nacionales para evitar la temida autovía A25 nos adentramos en el centro de la pequeña localidad costera. Para evitar vueltas y vueltas en busca de aparcamiento optamos, finalmente, por dejar el coche en el centro comercial Fórum y recorrer las calles a pie. La oficina de turismo queda a escasos metros, así que cruzamos uno de los canales y nos acercamos a ella para hacernos con unos planos. Apenas nos señalan cuatro o cinco puntos de interés (Plaza del Pescado, Catedral y un par de iglesias más) así que vemos muy factible la opción de verlo todo antes de comer.

Dicho y hecho. Caminamos dirección a la Plaza del Pescado, donde se encuentra la lonja en la que los pescadores de la ciudad venden su género, y a pocos pasos de allí la Capilla de San Gonçalinho, que destaca por su pequeño tamaño y su blanca pared. Las callejuelas que nos conducen a otro de los canales de la ciudad están repletas de casas de vivos colores que se mezclan con unas blancas “más tradicionales”, al menos para nosotros. También los azulejos se encuentran presentes aunque en un número mucho menor a como lo hacen en Oporto.

Paseamos por Cais dos Remadores Olímpicos, junto al canal, cuando una góndola escasamente ocupada nos sorprende remontando las aguas. Será lo más parecido a Venecia que veamos en toda la mañana.

Volvemos a adentrarnos por las calles de Aveiro y llegamos a los pies de la Iglesia de la Vera Cruz. En la fachada de la iglesia también predomina un blanco resplandeciente, en el que resaltan los mosaicos de azulejos que representan motivos religiosos.

Nuestro último punto marcado en el mapa es la Catedral. La antigua iglesia de Sao Domingos no destaca por su tamaño, lo cual quizá la haga pasar más desapercibida de lo que debería, ni tampoco es una catedral al uso. Destaca en su interior la tremenda luminosidad, algo que contrasta con las góticas (más comunes), que nos permite contemplar con detalle las imágenes y el retablo que adornan sus capillas laterales. Frente a la Catedral se encuentra el Museo de Aveiro, en lo que antiguamente fuera parte del Convento de Jesús. En su interior alberga numerosas colecciones de pintura, talla o (como no) azulejería



Hacemos algo de tiempo, y de hambre, remontando el canal que hemos encontrado a la salida del centro comercial aunque ya tenemos decidido el restaurante. A toro pasado puedo decir que, seguramente, la comida en A tasca do Cofrade fue la mejor que realicé durante el viaje, espectacular el caldero de arroz caldoso con tamboril (rape) que nos prepararon. Sin duda mereció la pena la visita a Aveiro aunque solo fuera por eso.

Comidos y bien servidos volvimos a por el coche para reanudar nuestro camino a Lisboa. Pensamos en hacer otra parada antes de coger definitivamente la autopista que nos lleve a la capital. Costa Nova ha recibido muchas críticas positivas y como el tiempo todavía acompaña nos decidimos a dedicarle unas horas. Sin embargo, en el jaleo de carreteras primarias, secundarias e incluso yo diría que terciarias en el que nos sume nuestro amigo TomTom aparecemos en la costa, pero demasiado alejados de la parte turística.

A pesar de todo nos llegamos a hacer una idea, groso modo, de lo que es esta pequeña localidad. Una ciudad que vive de la pesca pero que sobre todo lo hace del turismo, ya desde el siglo pasado. Costa Nova es famosa por sus palheiros (pajares) de colores, donde originalmente guardaban sus aperos y posteriormente vivían los pescadores, y por su gigantesco faro de 62 metros que lo hace ser uno de los más grandes del mundo. Nos conformamos con la vista que tenemos de éste desde la playa y con las representaciones modernas de los palheiros y volvemos al coche para completar nuestro trayecto.



Un enorme atasco nos recibe a la entrada a Lisboa. Hora punta. También las calles lisboetas presentan mucha más batalla que las portuenses, claro que también es una hora menos intempestiva que la de nuestra llegada dos días antes. Llegamos a nuestro hotel, el Vip Executive Barcelona, junto a la plaza de toros y comenzamos a deshacer las maletas. Hemos alcanzado nuestro destino “definitivo” y por delante tenemos cuatro días para conocer las entrañas de la melancólica Lisboa.

martes, 30 de noviembre de 2010

Oporto

Nuestro primer día en tierras lusas. Nos ponemos pronto en pie para aprovechar a tope la luz del día y recuperar, de paso, las horas “de retraso” que llevamos con nuestro planning. Buscamos un sitio donde desayunar nuestro primer galao, que acompañamos convenientemente con unos bolos simples, vamos, los croissants de toda la vida. Una vez desayunados, comenzamos a descender la Rua de Passos Manuel hasta llegar a la Avenida dos Aliados, centro neurálgico de la capital portuense.

La avenida principal de Oporto está casi desierta a primera hora de la mañana, aún tratándose de un día laborable, y el poco tráfico que permiten las amplias zonas peatonales apenas resulta incómodo. Tomamos varias fotos desde el centro de la plaza y continuamos caminando hasta dar con el monumento a Pedro IV, apodado El Rey Soldado, y cuyo reinado solo duró unos pocos meses.

A pocos pasos de ahí nos encontramos, en la iglesia de San Antonio de los Congregados, con lo que va a ser una tónica a lo largo de nuestra estancia en Oporto, los azulejos. Si Oporto fuera un color, ese sería sin duda el azul que se refleja en cada baldosín. En Sao Bento, en la Sé, en las propias calles… Y como bien nos habían advertido, uno de los mejores sitios para contemplarlos es la estación de tren de Sao Bento, y para allí que nos dirigimos.

Merece la pena adentrarse en el vestíbulo principal para contemplar la obra de arte de Jorge Colaço. Pintados a mano en 1916, podemos encontrar representados en ellos sucesos como la llegada del primer tren a Oporto, la conquista de Ceuta por Don Enrique el Navegante, el transporte del vino por el Duero y otras hazañas militares.

Desde la puerta de la estación se puede contemplar la Catedral, más popularmente conocida como Se, palabra que deriva de la siglas de Sede Episcopal. En apenas unos minutos nos plantamos a sus pies, en la plaza del Pelourinho. El Pelourinho es un elemento que evoca una suerte de picota que, en la época medieval, servía como lugar de castigo al exponer a los culpables a la intemperie durante varios días y noches, e incluso al castigo por parte de gente que pasara por allí.

La catedral de Oporto ofrece una imagen de fortaleza y recuerda, o al menos así me lo parece, a la Notre Damme parisina. A pesar de que originalmente fue una edificación románica presenta elementos de otros estilos, como el enorme rosetón de estilo gótico de su fachada principal.

Realizamos la visita interior de la catedral y, aprovechando que vamos bien de tiempo, compramos las entradas para visitar el claustro (de estilo gótico) y la Casa del Cabildo, edificio anexo a la catedral. El claustro resulta realmente impresionante y en él volvemos a advertir (una vez más) la presencia de los omnipresentes azulejos.


La plaza de la catedral nos ofrece a la salida de nuestra visita unas vistas maravillosas de la esencia de Oporto. Tejados de teja roja, ropa tendida en balcones y ventanas, pequeñas casas de colores ocres y blanco de aspecto descuidado… y el Duero al fondo. Estamos cerca de Cais de Ribera, así que emprendemos el descenso hacia el río por las callejuelas más “auténticas” de la ciudad hasta alcanzar la Plaza da Ribeira. El sol luce en un cielo despejado, y esto hace que las numerosas terrazas de los bares inviten a hacer un alto en el camino. Contemplamos el imponente Puente de Don Luis I, construido en 1886 por el belga Théophile Seyrig, discípulo de Gustave Eiffel, lo que explica las semejanzas en cuanto a estructura con el símbolo galo.

Reanudamos la marcha para realizar la visita al Palacio de la Bolsa antes de comer. El Palacio de la Bolsa es un enorme edificio que fue construido para albergar la sede de la Asociación Comercial de Oporto y también está clasificado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. No es de extrañar. Realizamos la visita guiada a través del Patio de las Naciones, la Sala Presidencial, la habitación de la Asamblea General para desembocar en la estelar Sala Árabe, auténtica atracción del edificio. Es una lástima que no se permitan las fotos en el interior del Palacio, pero si buscáis un poco por Internet podréis ver que la visita bien merece la pena.

Con algo de hambre ya y apremiados por el horario portugués (allí se come alrededor de la una), emprendemos camino a Plaza Parada Leitão, junto a la Iglesia de los Carmelitas. Vamos a tiro seguro, ya que nos han recomendado comer en O Piolho uno de los platos típicos tripeiros, la francesinha. Uno de los éxitos del viaje, sin lugar a dudas, junto al postre que tomamos: el bolo de bolacha. Si visitáis Oporto no podéis iros sin probarlo, no os arrepentiréis.

Tras meternos esas pocas calorías entre pecho y espalda es hora de rebajarlas, así que caminamos -dejando la impresionante Iglesia de los Carmelitas a un lado- hacia la Torre dos Clérigos. La imponente planta de la torre (algo más de 75 metros de altura) de estilo barroco nos recibe escondiendo una pequeña sorpresa en su interior. El acceso a la cima solo se puede hacer a través de sus escaleras de caracol, no existe ascensor alguno… ¡y son 225 peldaños! No fue buena idea dejarlo para después de comer. Sin embargo, la recompensa en forma de vistas merece la pena. Comprobarlo si no por vosotros mismos.

Recuperados del esfuerzo realizado nos acercamos a la Librería Lello e Irmao, en Rua das Carmelitas. A pesar de tratarse de un negocio particular, la imagen que proyecta en su interior hace que sea considerada casi un monumento más en la ciudad. Por suerte para nosotros, no hay demasiada gente en su interior a la hora de nuestra visita y podemos tomar varias fotos en su interior sin que el dueño se moleste.

La majestuosa escalera de madera que se divide en su camino para acceder a la segunda planta del edificio te recibe nada más entrar y te lleva al piso superior donde, además de cientos de libros, puedes contemplar la impresionante vidriera del techo con el lema Decus in labore. De vuelta a la planta inferior, podemos comprobar como en sus suelos de parquet todavía se mantienen los raíles que guiaban la vagoneta que se usaba para reponer los estantes. Una obra de arte de más de cien años de historia. Como recuerdo nos llevamos un libro de cocina portuguesa, para hacer nuestros pinitos en casa, y volvemos a emprender el trayecto matutino hacía Cais de Ribera. ¡Nos vamos de crucero!

La tarde empieza a escaparse cuando volvemos a alcanzar la Plaza da Ribeira. Volvemos a contemplar la majestuosidad del puente de Don Luis I desde la orilla, en breve lo haremos desde el interior del Duero. Nos acercamos al puesto de la empresa Douroacima y compramos los billetes para los más de cuarenta y cinco minutos que se nos pasan volando. Cruzamos bajo los seis puentes (Don Luis I, Infante Don Enrique, María Pia, San Joao, Freixo y Arrábida), vemos las bodegas de Vilanova de Gaia y los barcos que transportaban el Oporto antaño y remontamos el cauce hasta casi alcanzar el Océano Atlántico. Merece la pena gastar los diez euros que cuesta el billete.




De vuelta a tierra, recorremos las pequeñas tiendas de Cais de Ribera camino del puente Don Luis I. La tarde comienza a caer pero todavía quedan horas hasta la cena, así que aprovechamos para cruzar a Vilanova de Gaia, cuna del afamado vino de Oporto, y visitar una de las numerosas bodegas que ofertan visitas. Por proximidad y horario, nos decidimos por las bodegas Calem. A lo largo de la visita nos explican el lento proceso que lleva a las uvas del norte de Portugal a convertirse en uno de los mejores vinos de la península. Finalizamos las explicaciones con una pequeña degustación en sus bodegas, y como no, decidimos traer una parte de ellas a casa.

Cuando salimos la noche ya ha caído sobre la capital portuense y la iluminación de la ribera multiplica la belleza de todo cuanto habíamos visto durante el día. Paseamos tranquilamente mientras decidimos entre cenar aquí o volver al centro. Finalmente gana la segunda opción y tras una obligada parada en nuestro hotel buscamos algún lugar donde cenar en una casi desierta Avenida dos Aliados. La verdad es que apenas se nota diferencia entre la foto diurna y la nocturna más allá de que el sol ya no esté presente.

Una vez finalizada la cena, emprendemos el camino de vuelta al hotel. Ha sido un día duro y las fuerzas flaquean, pero todavía hay una parada obligada antes de ir a la cama, el Café Majestic.



El Majestic ha visto pasar -a lo largo de su dilatada historia- todo tipo de personalidades por sus mesas, desde políticos a intelectuales pasando por artistas y otras grandes personalidades. Como curiosidad, decir que la famosa creadora de Harry Potter pasó las horas muertas en sus mesas (quien sabe si fabulando después de visitar la Librería Lello e Irmao). Una vez dentro, resulta fácil viajar casi cien años atrás en el tiempo e imaginar a la alta sociedad de principios de siglo tomando el café en sus mesas.

Dejamos atrás las puertas del Majestic pensando en lo bien que vamos a agarrar la cama. Solo llevamos un día en Portugal, pero lo hemos vivido intensamente. Mañana es día de carretera y Lisboa espera al final del camino.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Salamanca

Domingo, 24 de octubre. Hoy amanece pronto -de hecho todavía es de noche cuando realizamos los últimos preparativos- y es que los más de quinientos kilómetros que tenemos por delante hasta nuestro destino obligan a ganarle horas al reloj. Siempre fastidia madrugar, pero de vacaciones parece que duele menos.

Salimos de Zaragoza tomando la AP68, con la mente puesta en la semana que tenemos por delante para descubrir el país vecino. El destino es Portugal, pero la “meta volante” la situamos en Salamanca, ciudad patrimonio de la Humanidad desde 1988 y que cuenta con la Universidad en activo más antigua de España. La ciudad charra será nuestra parada intermedia para evitar la kilometrada que supone cruzar de este a oeste la península.

Con el accidentado Gran Premio de Corea de F1 como compañero de viaje alcanzamos nuestro destino poco antes de las dos de la tarde. La entrada a Salamanca no ofrece un tráfico demasiado fluido, lo que nos ayuda sobremanera para encontrar nuestro hotel, el Ibis Salamanca Centro. Una vez realizado el check-in y dejado las maletas en la habitación, nos disponemos a encontrar un sitio para comer, que ya son horas. En apenas diez minutos nos plantamos en la Plaza Mayor de Salamanca, que a esas horas se encuentra bien acompañada de gente (estudiantes en su mayoría) que aprovechan cualquier espacio para sentarse a tomar el sol.

Una vez solucionado el tema gastronómico comenzamos nuestro paseo vespertino por el casco histórico salmantino. Dejamos atrás la Plaza Mayor, invadida por las casetas de una feria del libro, y caminamos por las callejuelas hasta toparnos con la famosa Casa de las Conchas. Actual biblioteca pública, la casa fue en su origen un palacio aunque a lo largo de su historia ha tenido diferentes usos. Como se puede ver en la foto, resulta obvio el por qué de su nombre.

Tras visitar la oficina de turismo y hacernos con los correspondientes planos seguimos calle abajo, dirección al Tormes, para visitar las catedrales. Catedral Nueva y Catedral Vieja conviven frente a la Universidad con su imponente planta. Como todavía no se encontraban abiertas al público (en Octubre no lo hacen hasta las 16h.) continuamos nuestro itinerario hasta el famoso pórtico de la Universidad. Al llegar allí comprobamos que hay un importante número de personas examinando minuciosamente la fachada en busca de la famosa rana. Cuenta la tradición, que aquel estudiante que no fuera capaz de encontrarla no aprobaría así que, a pesar de que uno ya dejó de estudiar hace tiempo nos tomamos algo de tiempo para buscarla… y encontrarla. Nunca se sabe.




Asegurado nuestro aprobado continuamos caminando hacia el Convento de San Esteban, convento dominico cuyo pórtico es toda una obra de arte, y tomando la Avda. de los Reyes de España alcanzamos el cauce del río Tormes. Desde el puente nuevo pudimos tomar un par de buenas fotos de las Catedrales y del Puente Romano, que domina el río desde hace varios siglos.



De vuelta al casco histórico tras cruzar el Tormes por el viejo puente, aprovechamos para visitar el Archivo General de la Guerra Civil Española que albergaba una pequeña exposición de fotos, documentación y varios útiles de la época. Muy interesante. Además también pudimos contemplar la recreación de lo que sería una logia masónica con todos sus detalles.

Tras avituallarnos con un buen chocolate con churros a media tarde volvimos al que había sido nuestro punto de inicio -la Plaza Mayor- para contemplar el iluminado de ésta y, de paso, alcahuetear un poco en los puestos que ya se encontraban abiertos y llenos de gente, para esa hora. Nuestro primer día de vacaciones tocaba a su fin, cenita italiana antes de recogernos de vuelta a nuestro hotel con Portugal y Oporto ya en el horizonte.